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martes, 27 de julio de 2021

Leyendas Fantasmales de Morelia : A mí el diablo me pela los dientes

Pelar el diente: sonreír mucho y con coquetería.

Eso es lo que encontraremos si buscamos el significado de esta frase que se ha ido utilizando a lo largo del tiempo en la región de Latinoamérica y según su contexto puede interpretarse de varias formas, siendo la más popular una interpretación a manera de decir que alguna situación, objeto o persona no genera ningún peligro o dificultad o carece de importancia para quien lo dice.

Así pues surge una leyenda que tiene que ver con creencias, manifestaciones, espanto y mucho terror, por allá de principios del siglo pasado, en un remoto pueblo de Morelia corrían rumores que el diablo andaba suelto por las calles y que muchas personas ya lo habían visto pasearse por la oscuridad que le brindaba la noche, algunos lo veían en forma de toro, el cual según contaban los lugareños, era un enorme toro negro con ojos bien rojos al igual que sus pezuñas y que emitía un sonido sumamente espantoso al mugir, otros más comenta que habían visto al diablo en forma de un caballero sumamente refinado que ofrecía mucho dinero a cambio de que lo acompañaran, eso principalmente con mujeres, y las que lo acompañaban desaparecían sin dejar rastro alguno.

Otros más comentaban que habían visto a este personaje pero con la forma de una mujer, la cual pedía ayuda a los hombres que iban a caballo por las noches y los que aceptaban subirla a los pocos minutos de camino veían como se había transformado en un ser de aspecto horripilante, con cuernos, alas, pezuñas y cola puntiaguda, dejando a estos jinetes con graves secuelas mentales e incluso la muerte.

Don Genaro era el tipo de hombre ya con sus años encima que no creía nada de esas cosas, mal encarado, de pocos conocidos, hombre de pocas palabras y no muy sociable, pero sin embargo respetado por sus vecinos ya que el también brindaba ese respeto. 

Se dedicaba al campo, y vivía solo en una humilde casa a las afueras del pueblo, algunos días sus hijos lo iban a visitar, pero casi siempre la mayor parte del año Don Genaro la pasaba sólo en su casa con sus perros y gallinas.

Uno de esos días rutinarios de trabajo, Don Genaro recibió la fuerte noticia de que lo iban a despedir por motivos financieros, ya no alcanzaba el dinero para pagarle a él ni a mucha gente más, y tristemente esa tarde fue su último día de trabajo, por suerte su patrón le había pagado completo su tiempo e incluso una compensación extra por su extraordinaria labor que hizo durante todo ese tiempo.

Enojado, malhumorado y maldiciendo en todas direcciones, Don Genaro pensó que sería buena idea irse a tomar unos mezcales a la cantina del pueblo para pasarse ese trago amargo laboral. Llegando a la cantina, vio a dos de sus conocidos, Don Joaquín y Don José, tomo asiento junto ellos, pidió 2 vasos de mezcal y empezaron a platicar. Los mezcales corrían de un lado para otro, 2, 3, 4 y ya después les dejaron la botella, la plática fluía como cualquier otra platica de ebrios de cantina.

Varias horas y varios mezcales después, la plática empezó a molestar a Don Genaro, ya que sus compañeros de mesa empezaron a hablar del tema que sonaba más en ese momento en el pueblo, el diablo y sus fechorías que andaba haciendo por las calles de la localidad, sobre los varios testimonios que afirmaban ya lo habían visto y la posible explicación a esto, que si por castigo de Dios o porque el pueblo era muy pecador, cosas más, cosas menos.

Don Genaro se puso de pie, levanto su vaso y dijo: Yo no creo en nada de eso de dioses y diablos, han de ser puros cuentos de viejas chismosas nada más, ustedes ni deberían hablar de eso, no puedo creer que piensen que eso es real... 

Y finalizó: Y si existiera el diablo… A mí el diablo me pela los dientes.

En ese momento Don Genaro alzó tanto la voz a punto de gritar que toda la cantina enmudeció y lo voltearon a ver de todas las mesas, un poco apenado, bajó su copa, la bebió, tomo sus cosas, dejó el dinero en la barra y salió de la cantina. Sus ebrios compañeros se sorprendieron de su comportamiento inusual dado que a Don Genaro le importaba poco el qué dirán, sin embargó esa noche contrario a su actitud normal, demostró cierta pena de sus palabras.

Así pues, ebrio como una botella de mezcal, salió por la puerta plegadiza y tomó camino a su casa, el camino era corto ya de ahí, en unos 20 minutos y a su paso alcohólico iba a llegar sin ningún problema. A medio camino empezó a escuchar unos chillidos que asumió eran los gatos que estaban peleando, algo a lo que no le dio la mínima importancia y siguió caminando, pero a los pocos pasos después de esto escucho de nuevo ese chillido, ya se escuchaba algo diferente, ya no era de algún gato, si no era de un niño, posiblemente un bebé, Don Genaro muy extrañado por esto volteó a ver de dónde provenía aquel llanto, siguió el sonido y llegó hasta unos arbustos.

Efectivamente, se trataba de un bebé, un pequeño niño apenas de días de nacido, Don Genaro lo cargó en brazos, no sin antes maldecir y soltar todas las malas palabras que se le venían a la mente dirigidas hacia aquella mala madre que dejó a la criatura ahí a su suerte: “!Maldita vieja irresponsable cómo se le ocurre dejar a este niño aquí!” Era lo que se escuchaba decir mientras el viejo levantaba al bebé en sus brazos dentro del rebozo que le habían dejado.

Así pues Don Genaro lo llevaba cargando mientras pensaba que lo resguardaría para pasar la noche y al día siguiente lo llevaría a la parroquia con las monjas para que ellas se hicieran cargo, el bebé iba llorando en el camino y Don Genaro a pesar de su mal humor no perdía la paciencia, sólo se limitaba a decirle que se calmara y cantarle algunas canciones de cuna.

De esta forma siguieron su camino juntos, uno en brazos y el otro a pie, pero conforme avanzaban más y más en su trayecto, el bebé empezaba a pesar más y más, Don Genaro estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar caer al pesado bulto que representaba el bebé, hasta que llegó el momento en que no pudo más con el peso, y lo puso sobre el suelo.

Exhausto el pobre hombre se sentó junto al bebé que seguía envuelto en el rebozo pensado en cómo era posible que ahora pesara tanto y en un inicio lo levantó con gran facilidad. Una vez más el bebé empezó a llorar, y Don Genaro lo alzó una vez más, para su sorpresa el bulto ahora era liviano de nuevo, continuó su camino pero a los pocos pasos empezó a sentir que el bulto se transformaba en una carga insoportable para sus brazos, en ese momento el viejo hizo a un lado el rebozo para ver el rostro del infante.

Lo que vio era algo indescriptible, era un rostro cómo de cadáver, si bien un bebé de días de nacido, pero cadavérico, con unas oscuras cuencas vacías y negras en lugar de ojos, pequeños cuernos cómo de chivo, la piel grisácea, pálida, quebradiza, como cuando el muerto ya lleva días de su deceso y empezaba a emanar un olor a descomposición insoportable. El horror que sintió Don Genaro en ese momento era avasallador, el miedo mismo se había apoderado de él, lo único que pudo hacer por instinto era soltar ese horrible bulto y dejarlo caer, una vez en el piso este bulto había caído boca abajo y de nuevo el llanto del bebé se hizo escuchar.

El pobre de Don Genaro confundido y pensando si era producto de su borrachera lo que había visto y que dejo caer a un bebé al piso lo recogió en seguida y lo volteó, sólo que en esta ocasión aparte del macabro rostro que había visto, la creatura esbozó una pequeña sonrisa, dejando ver unos afilados y puntiagudos dientecillos y colmillos, y el terror incrementó cuando este ser dijo con una voz profunda, gruesa y por demás siniestra: “Hola papi, ¿porque no crees en mí?” 

Don Genaro se olvidó de todo en ese momento, dejo caer el bulto una vez más y cómo pudo corrió hasta su casa, dicen que los días siguientes al aterrador encuentro de ultratumba, el viejo se la pasó en cama con fiebre altísima y alucinando con demonios y diablos, pocos días después murió al igual que sus animales, no se sabe si a causa de la fiebre, por no comer nada en días, o si fue por causas sobrenaturales.

Lo único en lo que Don Genaro fue acertado aquella noche fue su última frase: “A mí el diablo me pela los dientes”. Ya que en efecto, el mismo diablo le había pelado los dientes.

Leyendas Fantasmales de Morelia : A mí el diablo me pela los dientes

¿Tú que hubieras hecho en lugar de Don Genaro? Déjanos saberlo en los comentarios.

Créditos a su autor

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Zokorra, la bruja de Agurain

El pueblo de Agurain cuenta con sus tradiciones y leyendas. En el antiguo barrio judío de “Poco tocino” (Urdai Gutxi) en el irónico lenguaje popular- ubicado al sur,  la iglesia de San Juan. En dicho templo encontraba protección, si su vida corría peligro, las brujas. El derecho de asilo les amparaba.

Años atrás, en este barrio habitaba una extraña mujer. Era temida por todos, niños y adultos, y su fama de bruja se extendía allende de las murallas.

Su mísera vida le hacía mendigar por la villa medieval y su entorno. Los vecinos no se atrevían a negarle una limosna para no ser víctima de su ira y sus maldiciones.

Aseguran que, cuando se acercaba hasta Eguileor o al caserío de Lezao, se abrían solas las puertas de las casas, saliendo el ganado estabulado a la finca de los alrededores. Si un vecino se encontraba próximo a su hogar veía que los ganado habían escapado de las cuadras, sabía que no tardaría en aparecer la bruja Zokorra por las inmediaciones.

En una ocasión, unos jóvenes de Agurain repararon en un gato negro. No era conocido por los vecinos así que se sintieron con la libertada de dar un escarmiento al animal, con el objeto de que regresase a su lugar de origen. Y como suele ocurrir entre los jóvenes, no tardaron en llevar a cabo su peregrina idea. Armados de palos y piedras persiguieron con saña al felino hasta que estuvieron seguros de que no volvería a pisar sus calles. Para su sorpresa, al día siguiente apareció la Zokorra totalmente maltrecha.

Ningún joven preguntó el motivo de las magulladuras; habían caído en la cuenta de que, el día anterior, habían estado persiguiendo y maltratando a la vieja bruja. Desde entonces, cuando veían un gato negro, un escalofrío recorría sus espaldas. Podría ser la vieja bruja adoptando la forma de felino.

Las sospechas de sus transformaciones en gato negro quedaron confirmadas en distintas circunstancias. A un vecino de Agurain le robaban la leche que dejaba refrescando en la ventana norteña. Como el suceso se repitió varias veces, los dueños decidieron aguardar al ladrón. Esa noche, al abrigo de la oscuridad, apareció un gato negro. Su paso firme indicaba que se dirigía al puchero de leche. Antes de que el animal percibiera la emboscada, ya había recibido un buen golpe en una de sus patas traseras. A la mañana siguiente, la bruja apareció cojeando, con una pierna vendada.

Sus convecinos miraban a la Zokorra con recelo pues, sobre ella, se susurraban todo tipo de relatos. Nadie sabía donde terminaba la realidad y empezaba la imaginación. Entre otros poderes extraños, decían que hacía bailar las cebollas de los desvanes. En algunos pueblos cercanos a Agurain, como Alaiza, etc.. contaban que, si al estar en la cocina veían bailar a las cebolla, era señal inequívoca de su presencia cercana. En efecto, la extraña mujer no tardaba en llamar a la puerta, solicitando una limosna.

Era tanto el miedo que causaba su figura, que algunos de los vecinos, decidieron denunciarla a la autoridad. En el proceso judicial aseguraron haberle visto realizar numerosos actos diabólicos. En aquel oscuro tiempo de procesos inquisitoriales, la bruja Zokorra no tardó en ser condenada a la hoguera. Cuentan que, cuando se encontraba entre las llamas, lanzó una maldición hacia el pueblo que le arrebataba la vida: “¡No habrá dos sin tres!”. Con ello hacía referencia a que en el pueblo morirían de tres en tres personas. También afirmó que cada cuatro grupos de personas muertas, habría además otro joven fallecido. Ambas predicciones se cumplen, si hemos de creer el asentimiento general. Y cuando muere alguien en la Villa ronda la duda sobre quienes serán los acompañantes de tan luctuoso viaje.

Zokorra, la bruja de Agurain
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