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lunes, 27 de abril de 2020

Relato Erótico : La primera vez que le es infiel a su esposo

Relato Erótico : La primera vez que le es infiel a su esposo

Soy Erika, una mujer divorciada que actualmente tiene 35 años, y cuando lo que te voy a contar sucedió, llevaba casada 6 años con Daniel, mi novio de la facultad. Solamente teníamos un niño de casi un año. Cuando nos casamos compramos un departamento en una zona cercana a la universidad donde él y yo habíamos estudiado, era una zona muy tranquila y con muchas zonas verdes, la verdad es que el sitio nos encantó desde la primera vez que lo vimos, y no lo pensamos, nos lo quedamos.
Estábamos rodeados de buenos vecinos, y la convivencia hasta hacia poco, había sido fenomenal, la mayoría teníamos hijos pequeños, y habíamos hecho amistad con varios de ellos. Cuando decía “hasta hacia poco”, estamos hablando del mes de Julio, en esa fecha empezaron nuestros problemas, el vecino que vivía justo arriba de nosotros, fue trasladado por su empresa a otra ciudad y puso el departamento a la venta, con eso de la crisis inmobiliaria no pudo venderlo y optó por dejar que una agencia lo alquilara.
Esa agencia se lo alquiló a tres estudiantes de derecho que empezaban la universidad en agosto, y ahí fue cuando empezaron nuestros problemas, todos los jueves hacían grandes fiestas en casa, vivían justo arriba, y la música se escuchaba como si estuvieran en nuestra habitación. Normalmente solían ser reuniones de amigos con la música y hablando en voz alta, pero esa noche era casi imposible pegar ojo así que tras mucho tiempo intentando dormir, opté por llamar a la policía.
Después de llamar tres veces, apareció una patrulla de la policía municipal, eran casi la una de la madrugada y en el departamento de arriba no había parado la fiesta, mi hijo pequeño, de casi un año, no había dejado de llorar desde que esa cuadrilla de impresentables lo habían despertado, y mi marido seguía roncando como si nada.
Tras varias llamadas se presentaron, los escuché llamar al timbre y hablar con los chicos, parecía ser que reconocían que habían hablado un pelín fuerte y prometían a los oficiales que no iba a volver a suceder, tras diez minutos de charla, la pareja de uniformados abandonaron el portal y la cosa quedó en calma.
Después de un rato intentando dormir a Danny, lo conseguí y la tranquilidad volvió a reinar, mientras mi marido Daniel continuaba roncando como si nada, ajeno al ruido de discoteca que habíamos tenido encima.
No había pasado ni media hora cuando los llantos de Danny me volvieron a despertar, por lo visto, la fiesta de arriba se había reanudado y el ruido volvía a ser atronador. En esta ocasión hice que Daniel se despertara.
-Esos chicos de arriba han vuelto a despertar a Danny, ¡ya estoy harta!, intenta tu dormirlo, que yo voy a subir, son más de las 2 de la madrugada y estos cabrones se van a enterar-
Mi pijama era solo un pantalón corto con un top de raso, así que me puse una bata y subí como alma que lleva el diablo, ya frente a la puerta se podía escuchar el jaleo ensordecedor del interior, la verdad es que me extrañaba que el resto de vecinos no estuvieran llamando también. Tras tocar varias veces el timbre, alguien abrió y desapareció, el departamento era exactamente igual al nuestro así que me decidí a entrar.
Había un pequeño recibidor, y a mano izquierda estaba la cocina y dentro había una pareja hablando el uno frente al otro, parecían enfadados e imaginé que era la típica pelea de adolescentes agravada por las copas de más, seguidamente miré a mi izquierda y allí había un salón igual al mío pero sin apenas muebles. Allí tenían montada la discoteca ya que había unos 15 o 20 chicos y chicas bailando y charlando, habían puesto una cadena musical vieja y las luces las habían tapado con telas de colores, por lo que se me hacía difícil ver algo en un principio.
Tras unos segundos en el recibidor, fijé la vista en uno de los chicos que parecían de los menos ebrios, y le pregunté.
-¿Quién es el que tiene alquilado el departamento?-
El chico se me quedó mirando con cara de incredulidad, me miró de arriba abajo intentando adivinar que hacia una mujer con bata en mitad de una fiesta adolescente y tras unos segundos de lapsus, pareció que se le iluminó la mente.
-Ah Ángel!-
Tras despertar de su letargo hizo el típico gesto de “no tengo ni puta idea” y continuó a lo suyo dándose media vuelta. Yo no estaba dispuesta a que me tiraran de a loca, y volví al ataque.
-¿Dónde está Ángel?-
-¡No tengo ni idea!, ¡me imagino que andará por ahí dentro!-
Señaló hacia la zona donde se encuentran las habitaciones. Nada más terminar de escuchar sus palabras salí del salón y me dirigí hacia las habitaciones, de camino por el pasillo, estaba la puerta del baño abierta y me acerqué a preguntar, dentro había tres chicos, dos chicos y una chica que estaban preparando sendas rayas de lo que fuera encima de la taza del WC.
-¿Alguno de ustedes es Ángel?-
Los chicos se dieron la vuelta y me miraron mitad con sorpresa y mitad con miedo, una desconocida con bata y pantuflas estaba ante ellos viendo cómo se preparaban una raya, me sentí un poco mayor al sentirme escandalizada al ver a la chica que apenas llegaría a la mayoría de edad, era una situación un tanto incomoda y enseguida uno de ellos contestó.
-Anda por una de las habitaciones, no me digas cual, porque no la se
Habían convertido el piso en una discoteca y lo malo era que debajo vivía mi familia, conforme pasaban los segundos y no encontraba al responsable se me iba hinchando más y más la vena por el coraje que tenía.
Abrí dos de las habitaciones pero solo encontré cuartos revueltos con ropa y libros esparcidos por la cama, se notaba que aquellos chicos eran de todo menos ordenados. Al llegar a la tercera habitación fue cuando lo encontré.
Aquel chico estaba teniendo sexo con su novia o lo que fuera, al entrar los sorprendí, y en un primer momento sentí el impulso de volver a cerrar la puerta y desaparecer, pero ya estaba cansada, necesitaba hablar con él y no estaba dispuesta a esperar ni un segundo más, necesitaba que de una vez por todas terminara con la fiestecita y comprendieran que el respeto es algo básico para poder convivir.
Lo primero que vi cuando entre en aquella habitación fue aquel chico de espaldas cogiéndose a una chica jovencita, ella estaba a cuatro patas encima de la cama, y él la embestía desde atrás como un auténtico toro bravo. Ellos también se sorprendieron al ver que alguien abría la puerta, fue verme y ella se separó, e intentó cubrirse con las sábanas, era una chica muy bonita que andaría rondando los 18. Por lo poco que había vislumbrado, tenía un cuerpo delgado y bien definido, con unas tetas firmes, y pezones pequeños, pero completamente enhiestos. Me miraba con cara de terror, como si yo fuera un fantasma que fuera a llevarse su alma pecadora.
Sin embargo, el que yo imaginaba que sería Ángel, se levantó de la cama tal y como estaba, caminó hacia mí, mientras lo hacía no pude evitar fijarme en su “miembro”, estaba completamente erecto, era una verga gruesa y larga, completamente depilada, que se movía a derecha e izquierda a la vez que daba una zancada.
-¿Qué diablos pasa?-, preguntó él cuando estuvo a mi altura.
Mientras se acercaba, no pude evitar que mis ojos se fijaran en ese cuerpo joven, fibroso, y sin un gramo de grasa, tenía dos tatuajes, uno en el pecho, a la altura del corazón, y el otro justo en el lugar donde debería de estar la mata de vello que rodea el pene, pero al estar completamente depilado, se distinguía completamente, tendría que ser todo un espectáculo al hacerle un oral. Pero rápidamente salí de los dos segundos de ensimismamiento al contemplarlo, y recordé el motivo por el que había entrado ahí desde un principio.
-Eso mismo pregunto yo, son las 2:00 am, y no puedes/pueden estar haciendo ruido-, le dije intentando poner mi mejor cara de enfado e indignación de la que fui capaz.
-¿Y tú quién eres?-, me dijo con el ceño fruncido.
-¡Soy la vecina del departamento de abajo, y tengo un bebé que no puede dormir porque esto parece un puticlub!-, le dije intentando moderar la voz para no empezar a gritar.
-Y dime, ¿a ti te gustaría que me metiera en tu habitación en mitad de la noche?-, me replicó visiblemente enfadado.
Sabía en el fondo que tenía razón, no había excusa posible a lo que había hecho, pero las circunstancias del momento me habían hecho actuar de esa forma tan impulsiva. Aun así, intenté tranquilizarme y excusarme.
-Yo nunca haría una fiesta a las 2:00 am, cuando todo el mundo duerme porque a otro día tiene que ir a trabajar-, le dije un poco más serena, intentando no ver su desnudez.
-Está bien-, dijo serenándose también un poco, -ahora bajamos la música, pero solo si me lo pides amablemente-
Aquel chico con un cuerpo perfecto permanecía frente a mí a menos de un metro, y con su pene completamente erecto, me costaba no verlo, me costaba respirar y mis piernas comenzaron a temblarme ante lo embarazoso de la situación, y pensándolo bien, él tenía un punto a su favor, no me haría daño pedir las cosas “por favor”.
-Te lo pido por favor-, dije después de respirar hondo tres veces, y luego de otras dos respiraciones, agregué, -¿puedes bajar el volumen de la música para que mi bebé pueda dormir?-
-Bueno si me lo pides así, la bajaremos.
Me di la media vuelta, y me encaminé a la puerta de salida, las piernas me temblaban y el corazón golpeaba contra el pecho, latía con tanta fuerza que pensaba que en cualquier momento lo podría escuchar aquel chico, ¿por qué los nervios?, no sé, tal vez por la desnudez de Ángel, o tal vez por su poderosa erección, o tal vez porque la adrenalina del enfado ya había disminuido, no lo sé, pero si no salía de ahí, no sé qué terminaría haciendo.
-Por cierto, ¿cómo te llamas?-, escuché que dijo antes de que llegara a la puerta de su habitación.
-Soy Erika, tu vecina de abajo-, le dije sin voltear a verlo.
-Pues bueno Erika, la próxima vez que entres en mi habitación, que sea por un buen motivo, ya me entiendes, jajaja-, escuché que gritó cuando salí de su habitación, ni siquiera contesté a su bravuconería, seguí mi camino, y me fui de aquel departamento.
No tardaron ni un minuto en bajar el volumen de la música, es más, todavía ni siquiera llegaba al ascensor cuando sucedió, al llegar a casa, mi hijo y mi esposo ya dormían otra vez, Daniel como siempre roncando y mi peque soñando con los angelitos. Entré en el baño, y me lavé la cara con un poco de agua fría, todavía me temblaban las piernas al recordar mi viaje a aquel departamento, el cuerpo y la desnudez de Ángel, pero sobre todo, aquella erección que no se le bajo mientras tuvimos nuestro diálogo.
Me quité la bata, y seguidamente el pijama, quedando desnuda frente al espejo, mi cuerpo no era como el de la jovencita que había visto hacía un rato, sin embargo, a mis 29 años, aún me sentía deseable, mis tetas eran grandes, redondas, y a pesar de mi pequeño Dany, aun turgentes, los pezones no eran muy grandes, pero en extremo sensibles, y tienden a endurecerse con facilidad, y la verdad fuera dicha, en esos instantes estaban completamente enhiestos, y aún ahora que ya tengo 36, me sigo conservando casi igual, ligeramente con más cadera, pero sigo siendo la misma.
Siempre he sido y soy delgada, pero mis caderas son un poco más pronunciadas que las de la mayoría de las mujeres, en especial, que las caderas de aquella chica, se podía decir que mi cuerpo era el de una mujer y el de ella era el de una adolescente a punto de serlo. Había una cosa que me llamó la atención durante el escaso segundo que la observé desnuda, su rajita estaba completamente rasurada, tan solo dejaba un fino hilo de pelitos. Yo me solía depilar, pero mi rajita mantenía gran parte de la mata de vello todavía, sin tan siquiera saber el motivo, agarré una cuchilla de las que mi esposo usaba, y comencé a rasurarme.
Lo dejé exactamente como el de aquella chica, me miré en el espejo y sonreí, la verdad, que así quedaba mucho más apetecible he higiénico, en ese momento tomé la decisión, desde entonces lo llevaría así. Continuaba en el baño con la puerta cerrada, en mi mente seguía viéndolos en aquella habitación, recordaba el cuerpo desnudo de Ángel embistiendo a aquella chica, recordaba su musculatura tensándose con cada sacudida y como se había acercado a mí con la verga erecta y se había colocado a menos de un metro de mí.
De pronto, mi temperatura corporal aumentó de golpe, se me secó la garganta, mis pezones se habían endurecido, y sentí como mi rajita se humedecía, solo recordando aquella experiencia, estaba excitada, más que eso, estaba caliente como hacía mucho no estaba, y comencé a acariciarme delante del espejo. Una de mis manos recorría mis tetas y las presionaba, mis dedos pellizcaban mis enhiestos pezones, a la vez que gemía suavemente, mi otra mano no dejaba de jugar con mi hinchada y encharcada rajita, mis dedos en pocos segundos quedaron impregnados de mis juguitos, y comencé a gemir al ritmo de mis caricias.
El placer que empecé a experimentar era tan intenso, que tuve que retroceder y sentarme sobre la tapa del WC, Lo recordaba a él una y otra vez, fantaseaba en que era yo la chica que se encontraba allí a cuatro patas siendo embestida por aquel chico, en apenas unos minutos, se había convertido en mi deseo más oculto, no tardé mucho en sentir las maravillosas oleadas de placer del orgasmo, mi cuerpo se tensó y varios espasmos recorrieron mis entrañas, tuve que morder una toalla que tenía cerca para ahogar el grito que el orgasmo me hizo tener, dejándome jadeando.
Ahí estaba yo, una mujer de 29 años, sentada sobre la tapa de la tasa del baño, con la respiración acelerada, las piernas abiertas, tres de mis dedos aún metidos en mi vagina, laxa, con los ojos cerrados, y mis pezones aún en punta, acababa de tener uno de los mejores orgasmos auto provocados de mi vida, poco a poco mi respiración se fue acompasando, y cuando por fin respiraba con normalidad, extraje mis dedos, me levanté, y mojando un poco la toalla que me había servido de mordedor, me limpie perfectamente mi rajita, me vestí y volví a la cama, intenté conciliar el sueño de nuevo pero todavía estaba agitada y me costó trabajo volver a dormir.
Mi vida no era muy diferente a la de la mayoría de la gente; los años de matrimonio habían hecho que la monotonía se posara en la pareja, y aunque nunca en la vida me había planteado una infidelidad, si era cierto que últimamente solía masturbarme con más asiduidad, pensando en algún amigo común, en relaciones anteriores, y porque no, en una que otra mujer del medio artístico. Nuestras relaciones sexuales eran más de lo mismo, y cada vez con más frecuencia tenía que fingir mis orgasmos, y después masturbarme con un juguetito que me había comprado a escondidas de mi esposo.
Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, me venía una y otra vez la imagen de aquel chico haciendo el amor, ¿no que!, más bien, cogiendo como un semental, no podía apartar de mi mente aquel cuerpo fibroso y sudoroso, embistiendo una y otra vez a aquella chica, que nuevamente volvía a ser yo en mis fantasías. Terminé durmiendo con mis pezones enhiestos, rozando la tela de mi pijama, y con mi rajita otra vez empapada de mis jugos.
Los días pasaron y durante una temporada no volví a ver a aquel chico, dicho sea de paso, tampoco los meses anteriores a mi visita los había visto, por lo que me imaginé que tendríamos diferentes horarios. Un día volvió a aparecer, o mejor dicho, volvieron a aparecer, eran las 7 de la tarde y coincidimos en la puerta del ascensor para subir, eran tres chicos que rondaban los 20 años entre los que se encontraba Ángel. Uno de los chicos era algo gordo, pero sin ser obeso, y el otro era delgado.
Yo venía de recoger a una de mis sobrinas de sus clases vespertinas, pues ese día se quedaría en mi departamento, y los cinco entramos en el ascensor, ellos se miraban y cuchicheaban cosas al oído para luego soltar una sonrisa cómplice, me miraban de arriba abajo a la vez que me desnudaban con los ojos. Cuando paré en mi piso y tuvimos que bajar, ellos no parecían tener la más mínima intención de apartarse de la salida por lo que sin ser capaz de decir una palabra tuve que pasar por el estrecho hueco que había entre un chico y la salida, por lo que mis pechos tuvieron que frotarse contra él mientras intentaba pasar.
En cualquier otro momento, le hubiera dicho algo, lo hubiera empujado, o simplemente lo hubiera abofeteado, pero lo único que me pasaba por la cabeza en ese momento, era poder salir de ahí, lo único que quería era que terminara aquella situación tan embarazosa delante de mi sobrina. Conseguí salir después de tener que apretar todo mi cuerpo contra él y cuando ya estaba fuera, escuché unas palabras que me helaron la sangre.
-Bueno vecina, mañana tenemos fiestecilla, ¿te vas a apuntar?-, puse la mayor cara de asco de la que fui capaz, y no contesté, mucho menos me di la vuelta para verlos, los tres chicos reían en el interior del ascensor mientras se cerraban las puertas.
-Tía, ¿por qué te ha dicho eso ese chico?, ¿lo conoces?-, me preguntó mi sobrina cuando llegábamos a la puerta de mi departamento.
-Nada hija, son unos vecinos de arriba, y están todos tontos-, le contesté con apenas un hilo de voz, esas palabras me habían puesto tan nerviosa que me temblaban las manos al intentar introducir la llave en la cerradura para abrir.
Durante todos aquellos días, casi dos semanas, me habían acompañado en las noches, las imágenes de aquella pequeña aventura, no entendía como había pasado, pero en mi interior algo se estaba despertando, ¿miedo?, no, ¿excitación?, tal vez, no lo sabía, lo único que tenía claro, era que desde entonces, cada vez que me masturbaba, esa imagen era lo único que circulaba mi mente, aquella fantasía donde yo ocupaba el lugar de la chica a cuatro patas, se repetía constantemente, como en un bucle infinito.
Era la primera vez que veía a los otros dos chicos, la verdad es que no recordaba haberlos visto la noche pasada en la fiesta, no se parecían en nada a Ángel; uno, como ya dije, era algo entrado en carnes, pero sin ser obeso, y con cara de degenerado, fue el que todo el rato me estuvo desnudando con la mirada; el otro igual de alto que Ángel, pero más delgado, con cabello y barba desaliñado, tenía el típico aspecto de chico vago. La verdad, es que viendo el estado en el que se encontraba su departamento, no me extrañaba en lo más mínimo su aspecto.
Por lo visto al día siguiente tenían pensado realizar una fiesta de las suyas, no sabía realmente si sentirme indignada por la desfachatez y falta de educación de aquellos chicos, o por el contrario, sentir un cierto hormigueo en mi estómago al fantasear con sueños inconfesables. Esa noche, a mi marido le dio por estar juguetón, hacía mucho tiempo que nuestras relaciones eran de todo, menos satisfactorias, por lo que, sin remordimientos, cerré los ojos, e imaginé que era mi vecinito el que me poseía en ese momento, y la verdad, por una vez, y sin que sirviera de precedente, volví a sentir.
Todo el día siguiente por algún motivo que no entendía, estuve nerviosa desde que me había despertado, llevé a mi sobrina de regreso a casa de mi hermano, y cuando volvía, al entrar en el edificio, las piernas empezaron a temblarme con solo pensar que me los pudiese encontrar, afortunadamente, no fue así, pero los nervios, y la excitación, no se iban de mi cuerpo. En la noche, a eso de las 9:30 pm, ya había acostado a mi peque, y mientras mi esposo y yo veíamos la TV, comenzó a escucharse música arriba, no era ni mucho menos el escándalo de la semana anterior pero yo me hice la indignada ante mi marido.
-¡Ya han empezado su desmadre los impresentables esos de arriba otra vez!-, le dije pegándole en un brazo, y alzando la voz.
-No inventes mujer, ahora no es para tanto, solo se escucha si apagas la TV-, me dijo mientras se sobaba el brazo.
Daniel tenía razón, simplemente era la música un poco alta que solo molestaría a aquellos que fueran un poco raros, pero yo como buena mujer, tenía que protestar y sentirme indignada.
-A ti no te molesta porque duermes como un tronco, pero no se puede poner la música tan alta a estas horas-, le dije cambiándome de sofá para no estar cerca de mi marido.
-Por dios Erika, no seas dramática, parece mentira que tengas 29 años, hace cuatro días tú también hubieras estado ahí, es más, tu habrías sido la organizadora-, me dijo poniendo su atención de nuevo en la película que veíamos.
No dije nada, sabía de sobra que Daniel tenía toda la razón del mundo, pero tenía que encontrar un motivo para protestar, un motivo para justificar todo lo que pasaba en mi cuerpo, mente, y alma; seguimos viendo la película, pero yo ya no le ponía atención, toda mi concentración estaba puesta en escuchar si la música aumentaba de volumen aunque fuera un poco, solo un poco, cuando terminó, a eso de las 11:00 pm, nos fuimos a nuestra habitación, me cambié, me puse la pijama, y me metí a la cama, a lado de mi esposo.
Como siempre, Daniel no tardó ni dos minutos en dormir, cuando todo quedó en calma, se pudo escuchar con más claridad la música en el departamento de arriba, para nada era lo que se había hecho la semana anterior, se escuchaba música, pero no era el desmadre y las risas de decenas de chicos de fiesta como el otro día. No podía dormir, el motivo no era para nada la música, sino la amalgama de imágenes que se habían amontonado en mi cabeza la semana anterior en la habitación de aquel chico, los tres chicos mirándome y cuchicheando en el ascensor.
A eso de las doce no pude más, me levanté sin hacer ruido, salí del cuarto, comprobé que mi pequeño durmiera, conscientemente, esa noche cambié mi pijama, y me puse un fino picardías blanco de seda, sin nada debajo, y salí del departamento, antes de irme, me puse un batín de terciopelo beige, y para no ir descalza, unos zapatos de poco tacón, pero que me estilizaban las piernas al caminar. No tuve la paciencia para esperar el ascensor, así que subí las escaleras con el corazón en un puño, y latiendo con tanta fuerza, que pensé que de un momento a otro, se me saldría del pecho.
Al llegar al final de la escalera, las piernas me temblaban de los nervios, caminé como pude, y Me planté delante de la puerta sin atreverme a tocar, estuve durante un par de minutos ahí de pie, debatiéndome en mi fuero interno, si tocar y armarles pleito, o dejarlo así, darme la vuelta, y regresar a dormir a lado de mi esposo, en el interior volví a escuchar música y eso me dio fuerzas para tocar el timbre. Al abrirse la puerta, del otro lado estaba el chico gordito mirándome con sorpresa.
-¡Ya está bien!-, le dije alzando un poco la voz, -hay vecinos que tenemos que levantarnos temprano, si no apagan la música, llamaré a la policía-, dije señalándolo con un dedo.
-Eh eh, no te alteres ni me reclames a mí, yo no soy el de la música-, me dijo sonriendo, y haciendo un gesto con el dedo gordo, señaló al final del pasillo, y sin apenas prestarme atención, se volvió hacia el salón donde tenían la televisión.
Ingresé decidida en el departamento, y caminé con el corazón en un puño los 10 o 12 metros que separaban la habitación de Ángel de la entrada principal, quedé petrificada frente a la puerta que se encontraba entreabierta y a través de la cual, ahora si se podía escuchar la música con mayor claridad. Durante unos segundos dudé, pero ya había hecho lo más difícil, y sabía que lo de la música era una buena excusa, y entonces, abrí la puerta de golpe, y entré.
-Mi hijo se ha vuelto a despertar por culpa de la música, ¿podrías hacer el favor de bajar ese escándalo?-, dije al aire.
Ángel no esperaba que alguien entrara en la habitación, así que se levantó de la cama sobresaltado, incorporándose con unas hojas de apuntes en la mano. Estaba semidesnudo, tan solo llevaba puestos unos calzoncillos estilo bóxer de color blanco, que dejaban apreciar el abultamiento de su paquete, durante un par de segundos pareció desconcertado, su mirada era de incredulidad, hasta que pareció comprender la situación.
-¡Carajo vecina, que susto me has dado!-, me dijo botando los papeles que traía en la mano a cualquier parte del dormitorio, -¿Tienes por costumbre entrar en todos los sitios así?-, dijo ya claramente indignado.
-Déjate de estupideces, y baja la música, intenta respetar a los demás-, dije intentando mantener la mirada indignada lo más posible.
-Si cada vez que tengo la música alta voy a verte aparecer por aquí, me parece que voy a estar con música todos los días vecina jajajaja-, dijo mientras avanzaba hacia mí.
Aquel chico había cruzado la distancia de seguridad, y se encontraba frente a mí, cara a cara, a menos de 30 centímetros, su mirada se había cargado de lujuria y yo sentía que me estaban empezando a temblar las piernas, podía sentir el calor que manaba de su cuerpo, igual que su respiración, sin darme cuenta cambié el tono de mi voz pasando a ser una súplica que salió de entre mis labios como un susurro.
-Por favor baja la música. ¿Cómo quieres que te lo pida?-, dije sin dejar de temblar ante su proximidad.
-Ummm… pues no sé, dentro de mi cama no estaría mal-, justo en ese momento, alargó su mano y con toda la desvergüenza del mundo la posó sobre una de mis tetas, sentí una ligera presión, y por instinto di un paso atrás.
-¡Cómo te atreves mocoso imbécil!-, le grité en plena cara por su desfachatez, -¡no vuelvas a hacerlo o llamaré a mi marido!-
-Está bien, llámalo, aunque estoy seguro que vas a tener muy difícil explicarle que haces aquí, en mi habitación a estas horas, y vestida así -, sus palabras me golpearon como bofetadas, y entonces las dudas se apoderaron de mí, él también se percató y desde ese mismo instante, supe que estaba perdida.
Intenté apartarme de su alcance, todavía me quedaba intacto el decoro de una mujer casada, que hasta ahora había sido siempre fiel, intentaba disimular las ganas que tenía de aquel chico, mi rajita se humedeció solo con imaginarme con él, me moría de ganas por sentir a aquel chico poseyéndome como si fuera alguna de las jovencitas que frecuentaba, como si fuera una vulgar putita, quería saborear, tocar y lamer cada centímetro de su piel, pero a pesar de mis ganas tenía que disimular, estaba casada, y al menos a mi marido, nunca le había sido infiel.
Paso a paso me echaba hacia atrás intentando alejarme de mi propia perdición, intentaba dejarlo tras de mí, pero sabía que no tenía salida, el me miraba y se acercaba sonriendo con la seguridad de saberse vencedor de la batalla. Estaba tan concentrada en Ángel y en su proximidad, y en alejarme de él lo más posible, que no me fijaba en mi espalda, hasta que choqué con algo, y sentí como unos brazos me rodeaban por detrás, abrazándome, y pegándome a un cuerpo.
-Ya sabíamos que ibas a volver vecinita, si en el fondo lo estás deseando-, me susurró al oído el que me abrazaba desde atrás, Mi corazón dio un golpe con fuerza contra mi pecho al sentirme atrapada por alguien que no era quien yo esperaba.
Esta vez sí intenté zafarme con fuerza, no sabía bien quien era, pero me imaginaba que sería el gordo compañero de Ángel que me había abierto la puerta. Me movía a derecha e izquierda intentando soltarme pero aquel muchacho me tenía bien sujeta y todos mis esfuerzos fueron en vano, intenté relajarme, relajar mi cuerpo para ver si así el tipo soltaba un poco su abrazo y poder zafarme.
-No te hagas Erika, los dos sabemos que estas deseando que alguien te haga ver las estrellas-, las palabras de Ángel consiguieron hacer que volviera a resistirme, intentando escapar del abrazo que me aprisionaba.
-¡Suéltame cabrón!-, le grité al tipo que me aprisionaba, mientras me debatía para soltarme.
-Vamos a ver cómo está la vecinita-, dijo Ángel acortando la distancia entre nosotros, y colocándose a solo centímetros de mí.
En ese momento me di cuenta de que la bata que me había puesto antes de salir del departamento apenas cumplía el cometido de ocultar mi cuerpo a su mirada, Ángel sonrió maliciosamente, y su mirada era más de lujuria que de otra cosa, temblé al ver sus ojos, entonces, su mano se coló fácilmente por debajo de mi picardías y mi bata, y noté como se dirigía a mi rajita, y tras retirar la tela de mi tanguita, sentí un escalofrío que recorrió mi cuerpo entero al acariciar él con sus dedos, mi caliente y húmeda vagina, no podía ocultarlo más, y Ángel se dio cuenta.
-¡Su madre!, como estás vecinita

Tenía el pulso acelerado y la boca seca, mi respiración continuaba agitada, todavía sentía clavada su verga en mí, sus manos seguían aprisionando mis nalgas, y antes de darme cuenta, Ángel me plantó un beso en la boca que no pude, ni quise evitar, el beso fue apasionado, lleno de lujuria, con nuestras lenguas enredándose como queriéndose arrancar una a la otra, entonces con sus manos levantó mi cuerpo, y me dejó caer en su miembro, gemí de sorpresa y excitación, pero mi gemido quedó ahogado en la boca de él, el calor, la lujuria, y las ansias de sentir otro orgasmo provocado por Ángel regresaron.
No necesité más incentivo, mis caderas volvieron a subir y a bajar, pero está vez un poco más lento, dejó de besarme, y me echó hacia atrás, lo suficiente para volver a apoderarse de mis enhiestos pezones, su lengua los recorría, y con labios y dientes los mordisqueaba, yo me mordía mis propios labios para no ponerme a gritar como loca, tal y como lo estaba deseando, esta vez, Ángel no permaneció inactivo, él también movía sus caderas, y cuando yo me alzaba, el retrocedía todo lo que podía, para que cuando yo bajaba, él se adelantaba a mi encuentro, provocando que el placer explotara y recorriera mi cuerpo con cada embestida.
-Te quiero en cuatro Erika-, me dijo al oído, dejando mis pezones llenos de su saliva.
Detuve mis movimientos, sintiendo aquella joven verga hasta el fondo de mí, lo miré a los ojos, y él me sonrió pícaramente, le devolví la sonrisa, y me levanté, notando como centímetro a centímetro él se iba saliendo de mí, en ese momento me di cuenta de que el sofá en el que me había estado cogiendo, era el más grande, así que rápidamente me puse como Ángel quería a un lado de él, con mi trasero apuntándole, no me hizo esperar demasiado, con sus manos en mis caderas, arrimó su verga a mi rajita, que chorreaba mis líquidos, mezclados con su semen.
Utilizaba la cabeza de su verga a modo de cuchara sobre mis labios vaginales, subía y bajaba por toda la longitud de mi rajita mojada, deteniéndose especialmente sobre mi clítoris, con cada pasada todo mi cuerpo vibraba de placer, pero, por algún motivo, Ángel retardaba la penetración, en aquel instante, mi vagina comenzó a dejar caer algunas gotitas de mis líquidos al tapiz del sofá. Me estaba volviendo loca sintiendo como jugaba la punta de la verga de Ángel en mi rajita sin cogerme, porque a esas alturas, que ese chico me cogiera era lo único que quería.
No aguantaba más tal agonía, volteé atrás, vi a Ángel a los ojos, y con un movimiento de cabeza, le indiqué que ya me la metiera, apoyó con más firmeza la verga en entrada vaginal, y de una sola envestida me penetró, tuve que morder el brazo del sofá para ahogar el grito que salió de mi garganta, él se detuvo cuando su pubis chocó con mis nalgas, en ese momento me di cuenta de una cosa, aquello con lo que había fantaseado el día que vi a Ángel cogerse a esa chica se estaba haciendo realidad, estaba a cuatro patas, y él me estaba cogiendo, ya no era más un sueño, era la realidad, y pensaba gozarlo.
Sin dejar de morder el brazo del sofá, moví mis caderas de un lado al otro, y de atrás hacia delante, indicándole a Ángel que siguiera, me entendió, y la fue sacando lentamente, con lo que cerré mis ojos, y volvió a meterla de una sola estocada, mi grito salió ahogado, pero entonces él no se detuvo, entraba y salía con una velocidad pasmosa, yo también me movía con sus embestidas, poco a poco fue aumentando sus penetraciones, con lo que mis tetas se movían como locas de un lado al otro, Ángel se dio cuenta, y se echó sobre mí, pasando sus manos por mis costados, hasta agarrar con cada mano una de mis tetas, pellizcando los pezones.
Así continuamos por un par de minutos, entonces empecé a sentir los espasmos que anunciaban otro orgasmo, al mismo tiempo que Ángel aumentaba la velocidad, y notaba como su verga se hinchaba más dentro de mí, hasta que él estalló en lo más profundo de mi vagina, podía sentir cada chorro de semen golpear mis paredes vaginales, lo que provocó que yo también tuviera mi orgasmo, grité, grité con todas mis fuerzas, pero el grito quedó ahogado por el brazo del sofá, que también mordí con saña, ya que mi amante no dejó de moverse , hasta que dejó de soltar su leche caliente.
Se quedó quieto sin sacar su verga, y con sus manos aun agarrando mis tetas, apretándolas un poco, teniendo mis pezones entre sus dedos, nuestras respiraciones poco a poco se fueron acompasando, el miembro de Ángel se fue encogiendo hasta salir de mi vagina, de repente volví a darme cuenta de la situación, me revolví contra él, y salí de debajo del cuerpo de Ángel, rápidamente me incorporé y comencé a buscar mi camisón, recordando donde lo había dejado, pero a unos pasos estaba mi bata, fui por ella y me la puse, él también se vistió con su bóxer, mientras me miraba con una sonrisa, se despidió, y desapareció tal y como había llegado.
Cuando Ángel se fue, por fin cerré con seguro la puerta, apagué la luz de la lamparilla, regresé a la cocina por mi camisón y mi tanga, esta última no tenía salvación, estaba completamente rota, pero aun así la conservé, la metí en uno de los bolsillos de la bata, Fui al baño, mi cuerpo estaba completamente sudoroso, pegajoso, y lleno de mis fluidos y los de Ángel, a cada paso que daba, sentía como el semen bajaba por el interior de mis muslos, mi piel sabía a pecado y mi cuerpo estaba impregnado de deseo, me di una ducha, intentando limpiar también el remordimiento.
Me volví a poner el picardías, y encima la bata nuevamente, no podía regresar a la cama con el cabello mojado, así que regresé a la sala, a limpiar el poco estropicio que mi pequeña aventura infiel había dejado en el sofá, al verlo, todo aquello regresó a mi mente, no pude evitar sonreír ante eso, mis pezones se volvieron a poner duros, y mi vagina palpitó recordando el grosor, y la longitud de la verga de Ángel. Media hora después, decidí volver a la habitación, para no despertar a Daniel, no prendí la luz, pero al entrar en la cama, mi corazón dio un salto.
-¿No podías dormir?-, me dijo Daniel adormilado.
-No, así que he salido a tomarme un poco de leche tibia-, le dije cubriéndome con las cobijas, y cerrando los ojos con una sonrisa en mis labios.
-Dulces sueños amor-, me dijo, y se dio la vuelta, empezando a roncar inmediatamente.
“Ya lo creo”, pensé, “claro que serán dulces, pero sobre todo, satisfactorios sueños”
Viví en ese edificio por 2 años más después de esta experiencia, Ángel y sus amigos siguieron haciendo fiestas cada fin de semana, pero ya no invitaban a sus amigos, las fiestas se hacían entre ellos tres, y su vecina favorita del departamento de abajo, o sea yo, Erika.
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Relato Erótico : Una divorciada necesitada

Un encuentro casual en la playa con una divorciada me generó mucho placer, aquí el relato erótico de sexo con una divorciada necesitada.

Relato Erótico : Una divorciada necesitada

Relato Erótico : Una divorciada necesitada

Normalmente dejo parte de mis vacaciones para el mes de septiembre, en concreto, para la segunda quincena. Suelo acudir a un pueblo de la costa de Cádiz y allí disfruto de quince días de playa de forma más tranquila que en la temporada alta de verano.

El pasado 14 de septiembre comenzaron mis vacaciones y llegué a esa localidad costera, donde tres días más tarde me ocurrió lo que voy a contar a continuación. Por la tarde, sobre las 16.30, fui a la playa y elegí una zona que conozco bien de otros años y que sé que suele estar casi desierta de bañistas a estas alturas del año. Solo puedes llegar a pie, caminando por un estrecho sendero de tierra unos 10 minutos desde el final de lo que es el paseo marítimo o la zona principal de la playa.

Como he dicho antes en esta época ya no suele haber bañistas en esa zona (los pocos que quedan acuden a la playa principal) y únicamente de vez en cuando pasa algún lugareño paseando por allí. Bajé las escalerillas que dan acceso a la arena, anduve varios metros a la derecha y coloqué allí mi toalla. Tras acomodarme y relajarme un rato tomando el sol, decidí darme un baño, pues la temperatura era elevada y hacía calor. No es una playa nudista, pero como no había absolutamente nadie, aproveché para quitarme el bañador y bañarme completamente desnudo, como ya había hecho otras veces. La sensación de sentir el agua del mar acariciando mi cuerpo desnudo y aliviando el calor fue muy placentera.

A los pocos minutos de estar en el agua, vi aparecer entre los arbustos que hay al lado de las escalerillas de acceso a la playa la figura de una mujer. Comenzó a bajar dichas escalerillas y a recorrer la arena de la playa. Supuse que pasaría de largo de donde yo había extendido mi toalla, pero me equivoqué por completo: se detuvo a escasos 4 o 5 metros. Empezó a sacar su toalla del bolso de playa que llevaba y la colocó sobre la arena. Me quedó claro que la mujer iba a ponerse a tomar el sol casi a mi lado y que yo estaba desnudo y que tendría que salir así del agua y llegar hasta mi toalla pasando por delante de aquella mujer. Ella tendría unos 50 años (luego supe que tenía 55), era rubia de bote, con el pelo recogido en una cola, su cuerpo era bonito y esbelto pese a la edad y llevaba una camiseta negra, unos shorts vaqueros cortitos, que le tapaban poco más que los glúteos y unas sandalias blancas con algo de cuña, que se las había quitado en cuanto pisó la arena de la playa.

Mientras yo continuaba en el agua esperando inútilmente a salir sin ser visto desnudo, ella comenzó a desvestirse: se quitó primero la camiseta y después los ajustados shorts vaqueros. Eran tan ceñidos que tuvo que agarrarse con una mano la braguita del bikini mientras se los quitaba, para no dejar su sexo al descubierto por el hecho de que se le bajara también la braguita. Guardó las dos prendas en su bolso, se llevó las manos a la espalda y se desabrochó la parte superior del bikini negro, que dejó caer dentro del bolso. Sus dos tetas grandes, algo caídas y con las areolas marrones quedaron al descubierto. Se giró para cerrar bien el bolso y, para mi sorpresa, la braguita negra del bikini resultó ser un tanga. La postura de la mujer, agachada mientras cerraba el bolso, dejaba ver el fino hilo del tanga hundiéndose provocativamente entre los glúteos. Se sentó en la toalla y comenzó a ponerse crema solar por todos los poros de su cuerpo: primero por su rostro, por el cuello, por la espalda, hasta que llegó a los senos. Mientras se los embadurnaba de crema, estos botaban hacia arriba y hacia abajo. Lentamente fue bajando por el resto de su cuerpo. Se puso de pie para darse crema en los glúteos y finalmente terminó poniendo crema sobre sus muslos.

Aquella mujer me estaba causando una enorme excitación: todavía dentro del agua, me llevé la mano a mi polla y comencé a masturbarme mientras contemplaba el cuerpo semidesnudo de la madura. En medio de mi placer vi cómo se acercaba un hombre mayor paseando por la orilla. Tendría unos 65 años y cuando se percató de la presencia de la mujer en topless, se fue acercando disimuladamente hacia donde ella estaba, hasta pasar por delante mirándole descaradamente las tetas. Después continuó caminando hasta alejarse poco a poco. Yo no aguanté más y culminé mi masturbación eyaculando dentro del agua, mientras la mujer permanecía sentada sobre su toalla.

Esperé un par de minutos para que mi verga se relajase y recuperase su tamaño en reposo y decidí salir por fin del agua. Respiré hondo y comencé a caminar, mientras el nivel del agua iba bajando y dejaba al descubierto cada vez más mi cuerpo. Terminé de salir del agua y comprobé que la mujer me miraba sin apartar la vista ni un segundo. Llegué a ponerme rojo de vergüenza cuando estaba pasando por delante de la madura y pensé en disculparme. Tapándome con las manos mis genitales le dije:

- Perdone, pero cuando entré en el agua no había nadie aquí, por eso me he bañado desnudo. Espero no haberle causado ninguna molestia. Ahora mismo me vuelvo a poner el bañador.

- Por mí no tienes que hacerlo, puedes tomar el sol como quieras, no me molesta en absoluto. Además ya te he visto desnudo, ¿no? Tengo que reconocerte que sabía que te estabas bañando sin el bañador, porque antes de bajar a la arena me metí entre los matorrales de arriba para hacer un pipí y vi que te metías en el agua desnudo- me comentó ella.

Yo me quedé sin saber lo que decir y lo que hacer. La mujer continuó:

- Mira, a mis 55 años ya no me voy a escandalizar por nada. Además, ya ves que yo estoy semidesnuda ante ti.

Comprendí que ya no tenía mucho sentido que me tapara mis partes íntimas con las manos, pues ella ya me lo había visto todo, así que retiré mis manos y quedé completamente desnudo ante aquella mujer.

Cuando iba a continuar andando hasta mi toalla, la mujer volvió a dirigirme la palabra:

- Si te apetece, puedes coger tu toalla y sentarte aquí conmigo. Yo he venido sola y, la verdad, no me importaría tener algo de compañía para charlar un rato. Si vas a sentirte incómodo por tu desnudez, no te preocupes. Mira, me voy a quitar el tanga y así estamos en igualdad de condiciones y no tienes que sentirte cortado. ¡Ah!, y tutéame, por favor.

Ante mi sorpresa, se puso de pie y empezó a bajarse el tanga, hasta que se lo quitó y lo guardó en su bolso. La mujer me acababa de mostrar su coño completamente depilado y con unos gruesos y carnosos labios vaginales. No lo pensé más, fui a por mi toalla y a por mi mochila y me dispuse a hacerle compañía a la madura. Sin embargo, la visión de aquel coño había hecho que mi polla se empezara a poner dura y empalmada y ella no tardó en darse cuenta y, mirándome la verga, dijo:

- ¡Vaya! Parece que te ha gustado lo que has visto, ¿no?

Casi tartamudeando le respondí:

- La verdad es que sí. Tienes un cuerpo muy bonito. Siento esta reacción.

- Es la segunda vez que te disculpas. Ya te he dicho que no tienes que hacerlo, que no me voy escandalizar por nada. Para mí es un halago que un hombre bastante más joven que yo sienta esa reacción al ver mi cuerpo. Por cierto, ¿cuántos años tienes?

- Tengo 36 y me llamo David- le respondí.

- Ya sabes que yo tengo 55. Me llamo Claudia- me dijo ella, mientras se levantaba y me daba dos besos en las mejillas. Al acercarse para besarme mi polla empalmada rozó la parte baja de su vientre y sus enormes pechos chocaron con mi torso. Sentí un intenso deseo sexual por dentro: me habían entrado unas ganas tremendas de hacer el amor con esa mujer, aunque trataba de disimularlo.

Los dos nos sentamos sobre nuestras toallas y Claudia continuó hablando:

- Quiero que sepas que yo también estoy disfrutando viendo tu cuerpo, que no soy de piedra. Te voy a contar una cosa: he estado casada 30 años y me divorcié hace dos. Pillé a mi marido en la cama con nuestra asistenta doméstica, de tan solo veinte añitos. Para mí fue un golpe duro comprobar cómo me engañaba con una chica tan joven que podía ser nuestra hija. Empecé a creer que ya no le gustaba a los hombres y pasé unos meses muy malos, hasta que hace poco decidí que no podía continuar así, que tenía que seguir disfrutando de la vida. Comencé a cuidarme más que antes, a vestir de forma más atrevida, a hacer topless en la playa (cosa que nunca había hecho estando casada) y a volver a sentir deseos sexuales.

Después de todos los años de casada y de los dos que llevo divorciada, tú eres el primer hombre al que he visto desnudo. Y por si aún no te has dado cuenta, me has provocado un buen calentón. Has despertado en mí sensaciones que tenía olvidadas. Desde que me divorcié no he vuelto a follar y tengo ahora mismo unas ganas enormes de sentir tu verga dentro mí. Terminó de hablar y no me dio tiempo ni de reaccionar: con su mano agarró mi pene y comenzó a acariciarlo suavemente, mientras que con la otra mano jugueteaba con sus erguidos pezones. Poco a poco fue retirando hacia atrás la piel que recubre mi glande, hasta dejarlo al descubierto. Acercó su cara y empezó a lamérmelo con su lengua, al mismo tiempo que su vagina comenzaba a humedecerse cada vez más, chorreando su flujo.

Por fin me decidí a tomar algo de iniciativa y empecé a acariciarle sus pechos con mis manos. Ella ya tenía toda mi polla en su boca y la saboreaba, hasta que paró un momento para decirme lo siguiente:

- Quiero que me penetres primero por detrás y que después lo hagas por delante. Por el culo sigo siendo virgen: mi exmarido siempre se negaba a follarme por detrás.

Se inclinó hacia delante, yo le separé los glúteos, humedecí con saliva mi polla y su ano y muy despacio comencé a penetrarla. En cuanto Claudia sintió la punta de mi verga dentro de su ano, gimió mezcla de placer y de dolor. Continué empujando mi miembro hacia el interior de su culo hasta que quedó completamente hundido en él. Entonces empecé a meter y sacar mi polla entre los suspiros de Claudia y con mis dos manos le agarraba desde atrás con fuerza sus senos. Cuando estaba en plena aceleración de mis movimientos, comprobé que por la orilla se acercaba de nuevo el viejo que había pasado hacía un rato. Se lo hice saber a Claudia y ella me comentó:

- Me da igual que nos vea follando. Tú sigue y no pares, por favor.

Así que continué unos segundos más hasta que volví a levantar la cabeza y, ante mi sorpresa, teníamos a aquel viejo justo delante de nosotros, parado y mirándonos con total descaro. Comenzó a tocarse su paquete por encima del bañador y se iba envalentonando al ver que ni la madura ni yo le reprochábamos nada. Se bajó el bañador y le acercó su polla de dimensiones respetables y sus testículos peludos a la cara de Claudia. La mujer no lo dudó ni un segundo, cogió con su mano la verga del viejo y comenzó a hacerle una masturbación.

- ¡Dos años sin follar y ahora tengo aquí dos pollas para mí solita, ummmm!- exclamó Claudia.

Por su parte, el anciano estaba que ni se lo creía: tenía delante de él a una mujer madura, pero de cuerpo espectacular, con dos tetas enormes, con su coño rasurado al descubierto y que además le estaba machacando su pene. Claudia dejó el trabajo manual y se metió toda la polla del viejo en la boca, para hacerle una felación. Yo aceleraba cada vez más mis movimientos de penetración, mientras el sudor empapaba la espalda de Claudia y todo mi cuerpo. De repente el viejo sacó su verga de la boca de la mujer y, apuntando hacia el rostro de ella, soltó varios chorros de espeso semen que impactaron de lleno en la cara de Claudia. Ella lo fue recogiendo con sus dedos y lo lamía con su lengua, saboreando el esperma del anciano, que se sentó sobre la arena contemplando la escena y para terminar de ver la sesión de sexo que teníamos montada.

Yo poco a poco comencé a sentir los síntomas inconfundibles de que se acercaba mi descarga de leche, así que hice varias embestidas bruscas y tras una explosión de placer empecé a derramar mi semen caliente dentro del culo de Claudia. Mantuve mi polla dentro hasta que solté la última gota y después saqué lentamente mi verga del ano de la madura. El viejo, creyendo que ya no había más que ver, se puso su bañador y se alejó de nosotros sin decir palabra. Mientras Claudia y yo nos recuperábamos a la espera de penetrarla vaginalmente, le pregunté:

- Claudia, ¿te importaría regalarme tu tanga? Me encantaría quedármelo como recuerdo tuyo.

- Yo te lo doy sin problemas, pero te advierto de que igual está algo sucio: lo llevo puesto desde esta mañana y con este calor y las veces que he orinado....- respondió ella.

- Por eso no te preocupes - le dije.

Ella se levantó, metió la mano en su bolso, sacó el tanguita negro del bikini y me lo entregó con una sonrisa pícara. Yo no dudé en olerlo delante de ella:

- ¡Ufff! Tenías razón. Huele bien a hembra - le comenté.

En el escueto forro blanco interior del tanga se apreciaban varias manchas de pipí o de flujo vaginal. Guardé la prenda en mi mochila y Claudia me comentó:

- Quiero pedirte algo a cambio.

- Lo que quieras - le respondí.

Ella sacó su móvil del bolso, me fotografió desnudo y a continuación me dijo:

- Túmbate entre mis piernas.

Yo obedecí sin saber las intenciones de la mujer. Entonces ella se agachó colocando su coño a escasa distancia de mi cara, comenzó a grabar con su móvil y a los pocos segundos empezó a brotar de su vagina un interminable chorro de orina que regaba todo mi rostro. Hasta que no echó la última gota no se levantó y me dijo:

- La foto y este vídeo es el recuerdo que me llevo de ti, para poderme masturbar recordando lo de hoy.

Volvió a guardar su móvil y me ordenó que la follara ya por delante, que lo estaba deseando. Yo continuaba tendido en la arena y empapado por el orín de la mujer. Ella aprovechó para manosearme mi polla hasta proporcionarle una cierta dureza. Entonces se abrió de piernas, se separó con las manos los labios vaginales y se agachó sobre mí hasta que mi polla quedó engullida por su coño. Cuando estaba totalmente dentro, comenzó a cabalgar sobre mi pene, mientras sus senos botaban al compás del movimiento. Le coloqué mis manos sobre sus senos y le pellizcaba los pezones. Los tenía completamente tiesos y eran tan gruesos que se le debían de marcar a través de cualquier prenda que se pusiera. Su cuerpo comenzó de nuevo a sudar y las gotas de ese sudor iban cayendo sobre mi propio cuerpo. Ella seguía moviéndose insistentemente y de su vagina comenzó a chorrear flujo de forma exagerada, producto de un orgasmo. Aceleró sus movimientos, ya totalmente cubierta de sudor y con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la excitación. Yo ya no aguanté más y me corrí dentro de aquel maravilloso coño depilado. En cuanto sintió mi semen en su interior, Claudia puso cara de satisfacción y comenzó a parar hasta detener por completo sus movimientos. Se tumbó exhausta a mi lado y estuvimos así varios minutos hasta que nos dimos un baño para refrescarnos y quitarnos la arena que teníamos pegada a nuestros cuerpos sudorosos.

Cuando salimos del agua, nos secamos y comenzamos a vestirnos. Claudia se puso sus shorts vaqueros sin nada debajo, pues me había regalado el tanga del bikini, y después la camiseta negra. Yo también me vestí, recogimos las toallas y abandonamos la playa. La acompañé hasta donde había dejado aparcado su coche, a unos 500 metros de la playa.

Al llegar al coche, me dijo:

- Dentro de unos igual vuelvo por aquí. Soy de un pueblo cercano y algunos días, como he hecho hoy, aprovecho para venir a hacer algunas compras y gestiones por la mañana y por la tarde me pongo a tomar el sol un rato antes de regresar. Espero verte otra vez.

- A mí me quedan algunos días de vacaciones. Te prometo que estaré en esa zona de la playa todas las tardes por si apareces- le comenté.

Me dio un beso de despedida, se subió al coche y arrancó, mientras yo emprendí el camino a pie hasta mi alojamiento en el pueblo.

Mientras he estado escribiendo el relato, he tenido aquí a mi lado el tanga de Claudia, que he olido varias veces para recordar el aroma de su sexo.
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